Categoría: a propósito de
sin palabras
Y llega el momento en el que no me apetece publicar ni escribir: tan sólo escribir para mí, volver a mi diario, a sus mil páginas de naderías y de hechos que no llevan a ninguna parte ni atraen conclusiones. Tanta tinta gastada y tanto papel desperdiciado. Tal vez mañana.

15, jul | 2 comentarios drj En: a propósito de vida y milagros compártelo
cuando el mundo no es suficiente.
En el discurso fúnebre que le dedicó Winston Churchill, en la Catedral de San Pablo, se recordaba una anécdota durante la conferencia de El Cairo: Churchill le dijo "Ahora podría obtener el puesto que quisiera en la oficina colonial o en cualquier ministerio" y T. E. Lawrence, tras una breve sonrisa le respondió " Cuando esto acabe, todo lo que verá de mí será una pequeña nube de polvo desapareciendo en el horizonte".
Todo ser humano es un misterio, tanto para sí mísmo como para los demás, y al morir, la principal fuente de los datos ocultos - deseos, sueños, proyectos- desaparece y sólo queda el esqueleto de nuestras acciones para explicarnos, y, a veces, los jirones de ropa, escritos o no, de nuestras palabras.
Nacido en Tremadoc, Gales, hijo ilegítimo, circunstancia que lo atormentaría toda la vida - mucho más que su homosexualidad, ante la que se mostraba ambivalente- T. E. Lawrence es uno de los personajes más fascinantes del siglo XX. De corta estatura y constitución frágil, temeroso del dolor físico, llevó en ocasiones al límite su capacidad de resistencia. Se doctoró cum laude en Historia por Oxford, y mostró especial interés por la historia medieval y las cruzadas. Con poco más de 20 años participó en las excavaciones de la ciudad hitita de Karkhemish, donde encontró una muñeca de marfil en la tumba de una niña. Robert Graves recordaba en su Adiós a todo eso cómo aquel juguete que había dormido el sueño de la muerte durante más de 3000 años reposaba ahora en la repisa de la chimenea de las habitaciones de Lawrence en Oxford. Adscrito a la Oficina Árabe de El Cairo con el rango de teniente al estallar la Primera Guerra Mundial, acabó siendo oficial de enlace con las tropas del príncipe Faisal. Se ha escrito mucho sobre eso e incluso David Lean hizo una película maravillosa, pero el mismo Lawrence escribió su versión en Los siete pilares de la sabiduría., que empieza diciendo "Algunos ingleses, cuyo jefe era Kitchener..." La extraordinaria historia por la que Lawrence paso de ser Lawrence a Al urenz nos habla del deseo de ser el otro, de vestir y comer como el otro o, lo que es lo mismo: dejar de ser quien se es.
Ególatra, teatrero, mitómano... muchas cosas se han dicho de Lawrence cuando lo más evidente está ante nuestras narices: en el desierto, en ese sumario escenario de vida o de muerte, lo más alejado posible de Inglaterra, Lawrence ya no era un hijo ilegítimo y se despojaba de sus máscaras para adoptar otras más queridas: la del beduíno que soporta la terrible travesía del Nefud, que come cous-cous y entrañas de cordero con las manos desnudas, quien es feliz en el campamento, por la noche, cuando al no hablar no se distingue en nada de sus compañeros. Parte del horror que se produjo a sí mísmo Lawrence viene marcado por la utilización posterior de su figura como encarnación de ese mito tan querido a los ingleses del lord blanco, el oficial británico que dirige a unos valientes pero bárbaros nativos a la victoria. También se cuestionó siempre la veracidad de sus afirmaciones sobre cómo dirigió la campaña del desierto, intentando minimizar su aportación. Es cierto que el general Allenby fue tan importante como Lawrence, pero también es cierto que Allenby respetaba su talento militar. La decisión de atacar Aquaba desde el desierto fue sin duda arriesgada y brillante. Pero lo más extraordinario fue su concepción de una guerra sin frente, donde el individuo es más importante que el número. La Enciclopedia Británica le invitaría a escribir el texto correspondiente a la entrada Guerrilla y su teoría tendría ecos tan sorprendentes como la respuesta que dio Ho Chi Min a un periodista que quiso demostrarle lo leído que era y le preguntó si su estrategia contra E.E.U.U. se basaba en el Arte de la guerra, de Sun Tzu. "No, contestó, me he basado en los libros del Coronel Lawrence". Que Lawrence sirviera de ejemplo en guerras coloniales o post-coloniales le hubiera escandalizado con toda probabilidad.
Pero la guerra terminó y Lawrence tuvo que volver a Inglaterra, inmerso en una popularidad mareante, convertido en una especie de superhéroe. Y ahí empezó la culpa y el asco, la sensación de haber engañado a todo el mundo. El acuerdo Sykes-Picot, por el que Francia y Gran Bretaña se repartían Siria y Palestina fue un duro golpe para él, y aún vendrían después Versalles y El Cairo. En protesta, devolvió sus medallas al rey y renunció a su grado como coronel. Tras un breve período, abandonó la docencia en Oxford, quiso entrar en la R.A.F. y acabó en un batallón de tanques, como un recluta, se cambió el nombre... quiso borrar de él al príncipe del desierto, al hombre vestido con túnica y kufía blanca a lomos de un camello mientras millones de soldados anónimos y con la cara oculta por las máscaras antigás morían en el Somme o Verdún.
Su problema fue ser demasiado brillante, demasiado raro, demasiado difícil de domesticar. Siempre despreció el poder, aunque sospecho que lo hizo por el pavor que le producía en lo que el poder podía convertirlo. A veces el mundo no es suficiente y uno ha de inventarse algo más sublime, más grandioso que su vida misma. Probablemente un obsesivo compulsivo, el cuerpo humano y sus funciones naturales le asqueaban de tal modo que es doloroso pensar cómo debía ser su sufrimiento. Se negaba con furia cualquier placer, excepto el de la velocidad. Le encantaba correr con su moto, ya que la velocidad Hacía que todo, que uno mismo se disolviese. A la salida de una curva se encontró con dos niños en bicicleta y le dió un golpe al manillar para esquivarlos: salió proyectado de la moto y se estrelló, sin casco. Murió cinco días después.
Winston Churchill leyó un largo discurso en su funeral multitudinario en la Catedral de San Pablo, lamentando la enorme pérdida que sufría Gran Bretaña frente a los tiempos que se avecinaban. Y recordó la imagen que mejor lo define: una minúscula nube de polvo que desparece en el horizonte.
18, mar | sin comentarios drj En: a propósito de compártelo
lo que sé de los best-sellers
Curioso debate el que se ha iniciado hoy a propósito de los best-sellers, que si son buenos, que si son malos... Yo creo que el problema es conceptual. En un mundo que mide el éxito por el volumen de ventas, se supone que el libro que más vende es el mejor. Pasa lo mismo con los discos. Reconozcamos desde ya que la calidad o la falta de la misma nada tiene que ver con los ejemplares vendidos: o sea, los rankings son divertidos para la prensa, pero no dan ninguna pista sobre su calidad - o falta de la misma.
No nos engañemos: la industria editorial es eso, una industria, y como tal fabrica bienes de consumo. Nuestra sociedad tiende a transformar todo - incluso los valores y los afectos- en bienes de consumo. O sea, que no funcionan - en general- como gente que da al público el trabajo de un artista, sino como una cadena de producción de objetos que suelen acabar en las estanterías y se llaman libros. ¿ Que no hay editores que se preocupen por los autores? Cada vez quedan menos, según Mario Muchnik y otros colegas suyos. Precisamente hablé de uno de ellos en el post anterior, así que no todo está perdido.
La perversión de esto es la inversión: la mayor parte en distribución, pero claro, si deseas que un libro de tu editorial se venda has de asegurarte que llegue a todos los sitios. En especial a las grandes superficies y superlibrerías, que son el equivalente de los multicines. Aún recuerdo cuando fui a preguntar en una de estas librerías en cadena si podía dejarles mi libro: la chica que se encargaba de eso me miró como si me hubiera escapado del frenopático y me dijo "no" ¿ Por qué? Pues porque no tenía la garantía de que fuera a venderse y si vendes libros - es decir, facturas ventas- prefieres vender libros que se vendan que otros que no lo hagan. De todas formas, es preferible un no sincero a que acepten tu libro, como me pasó en Blanes y luego no lo expongan. Un libro que no se ve es un libro que no se vende.
¿ Quiere esto decir que un libro que se vende es un mal libro? Ni mucho menos. Pienso en el enorme éxito que tuvo el redescubrimiento por nuestra parte de Sandor Marai. Sin embargo, yo ahora he descubierto a Camil Petrescu, que me está dejando por completo alucinado y cuya traducción al español deberíamos estar celebrando con fuegos artificiales y parece que nadie se haya enterado de ello. Uno de mis libros que más quiero es El minotauro, de Benjamin Tammuz, un autor israelí ya fallecido. Lo encontré en una caja de saldos de la librería Robafaves, de Mataró, en la edición de Destino (1997) Es una delicia y tuvo un moderado éxito internacional, aunque aquí no nos enteramos. `
A Javier Marías se le pueden decir muchas cosas - aunque yo no tengo motivo de queja- pero se le ha de reconocer su empeño en la editorial Reino de Redonda; pues venía a quejarse de la poca difusión de sus libros, de lo poco que se nombraban en suplementos culturales, etc... ( de los libros que él edita, aclaro) Esto se debe a que las editoriales invierten muchísimo en publicidad. Una nueva edición de Guerra y paz, por ejemplo, no necesita publicidad. El último libro sobre la Sábana Santa, Cómo Cristo recorrió Palestina en bicicleta o una sandez similar, sí.
¿ A qué vienen todas estas chorradas? Me explico: creo que a diferencia de una fábrica de asientos para coches, aspiradoras, etc, la industria editorial debería ser consciente de la importancia de las rarezas, de lo minoritario, de aquello que no comprará nadie, pues ellos son los encargados de jugársela por ello, de perder dinero si fuera neceario por algo que vale la pena.
PD: no sé nada sobre best-sellers. El título es un homenaje a Lo que sé de los vampiros, último libro de Francisco Casavella, recientemente fallecido y a quien quiero dedicar un pequeño recuerdo.
27, ene | 6 comentarios drj En: a propósito de compártelo
una tumba en Mallorca.
Hay una tumba en Mallorca que quiero visitar. No es que yo sea un gran visitador de tumbas pero, de vez en cuando, me apetece visitar alguna. Quise visitar la tumba de Pessoa en Lisboa. Supuse que estaría en el cementerio Dos Prazeres, un nombre precioso, ya que es el cementerio más cercano a una de sus últimas casas en la Rua Coelho Rocha. Estaba equivocado, pero eso me permitió conocer un bonito cementerio con tumbas que parecen casitas de muertos y su monumento a los aviadores. No fue hasta mi segundo viaje a Lisboa que pude visitar la tumba de Pessoa, en un rincón del claustro del Monasterio de los Jerónimos.
También quise visitar la tumba de Machado en Colliure, tras pasar frente a su casa de Segovia. En el pequeño cementerio de ese pueblo azotado por el viento, arropada por la bandera republicana, rodeada de tumbas con apellidos catalanes, a los pies de los cipreses y a la sombra del castillo que perteneció a la Reina de Mallorca, la tumba del poeta se sonroja abrumada por las flores, versos y recordatorios que los visitantes dejan sobre su lomo.
La tumba que deseo visitar ahora es la de Robert Graves, en Deià, Mallorca, en el cementerio del pueblo, en lo alto de una sierra, orientado a poniente, donde viven las Hespérides. Conocido sobre todo por sus novelas, Graves se describió siempre como poeta. Es un poeta incómodo para críticos y antólogos. De alguna forma, ni José María Valverde en su Historia de la literatura universal - la de casa de mis padres - ni su coetáneo Connolly, angloirlandés como él, pueden obviarlo, pues lo citan, pero tampoco consideran que deban detenerse en él más de dos o tres palabras. Graves no creía en las escuelas, los períodos, los movimientos ni nada que se le pareciese. La poesía era eterna y no dependía de las modas o los tiempos.
Si algo he admirado siempre de Pere Gimferrer es su desfachatez. En alguna parte de Una tarde en el Ritz, Gimferrer explica cómo, aprovechando que hacía la mili en Mallorca, se acercó a visitar a Graves en su casa, sin conocerlo de nada. Lo encontró, según recuerdo, sentado a una mesa de olivo, en el jardín o huerto de la casa, escribiendo. Sobre la mesa, sólo había libros griegos o latinos y diccionarios etimológicos. Es famosa la frase de Graves en la que aconseja utilizar sólo aquellas palabras que hayan sido escritas antes al menos medio millón de veces. Semejante actitud en un momento en el que la poesía y el arte en general estaban en plena revolución puede ser la causa de que el poeta Graves haya sido oscurecido por el novelista Graves. Un encuentro recordado en Adiós a todo eso, la autobiografía de Graves, parece ilustrar su relación con la poesía contemporánea. T. E Lawrence - sí, Lawrence de Arabia para sus enemigos- le presentó a Ezra Pound en Oxford, poco después de la guerra, y lo hizo con esta fantástica fórmula: " Robert Graves, Ezra Pound... Estoy seguro de que se detestarán". Lawrence fue profético, pues Graves llegó a pedir la pena de muerte para Pound después de la Segunda Guerra Mundial, en contraste con su defensa de Sigfried Sassoon cuando este desertó en la Primera Guerra Mundial.
Graves se hizo famoso con su autobiografía mencionada, donde no ahorraba el horror de las trincheras y con su gran novela Yo, Claudio. Desde entonces se le considera un novelista especializado en el género histórico. Pero por lo menos tres de las mejores novelas de Graves no pertenecen a lo que consideramos "novela histórica". En 1948, Graves publica La diosa blanca, un complejo ensayo sobre la inspiración poética. Será decisivo, pues toda esta teoría atravesará la obra de Graves, en verso o en prosa, de ficción o no ficción. Como he dicho, ni Rey Jesús, ni El vellocino de oro, ni La hija de Homero, son novelas históricas al uso; son las novelas de un polemista, que aplica su teoría poética para reinterpretar los mitos. No sé si Graves inventó el concepto iconotropía o simplemente fue el más brillante utilizándolo. La iconotropía consiste en la reinterpretación sistemática de los mitos en un sentido generalmente hostil al original. Le servía a Graves para explicar cómo la Gran Diosa original había sido substituída por cultos patriarcales y cómo los mitos "oficiales" habían desplazado a los "originales". No sólo escribió novelas polémicas, sino ensayos polémicos.
Entre 1961 y 1965 ocupó la Chair of Poetry de Oxford, coincidiendo con J. R. R. Tolkien como profesor de anglosajón - ver el post Un té con Ava Gardner-. En esos años, más o menos, publica sus ensayos Los mitos hebréos, en colaboración con Raphael Patai, y Los mitos griegos. Son ensayos polémicos, con afirmaciones chocantes y muy documentadas. Pero que nadie espere método científico en Graves, eso no le interesa en absoluto; el método de Graves es el siguiente: " Cuando existen dos versiones contradictorias del mismo mito, eligo aquella que es poéticamente más consistente". Graves no es filólogo, ni antropólogo, ni arqueólogo; es poeta, y como tal conoce el mundo. Cuando nos dice que las tumbas de los reyes de Zimbawe son del tipo colmena, como las de los reyes micénicos, y que en las tumbas de Zimbawe se entierran el epidídimo y la espina dorsal del rey para que emitan oráculos y que, por tanto, así debía de ser en Micenas, lo hemos de tomar como una sugerencia poética. O cuando asimila el pharmakos al Rey Sagrado que debía ser sacrificado anualmente, podemos oponerle a René Girard con su Veo a Satán caer como el relámpago, en la que explica de manera mucho más convincente cómo el pharmakos, o chivo expiatorio, solía ser extranjero o alguien sin poder, que era divinizado después de ser asesinado. O echarle un vistazo a los aztecas, cuya religión precisaba un sacrificio diario. Siempre se sacrificaban prisioneros de guerra. Sin embargo, algunas veces logra sorprendentes aciertos, como establecer la relación entre Micenas y Palestina - el habla de la tribu de Dan-, cosa que algunos hallazgos arqueológicos han confirmado.
Si tuviera que aislar el núcleo del talento de Graves, a lo Harold Bloom, sin atreverme a llamarlo genio, me fiaría de la elección de un gran lector, Jorge Luís Borges. Para su Biblioteca Universal, Borges eligió precisamente Los mitos griegos entre todas las obras de "este hombre diversamente admirable". Así, Graves sería un ensayista poético, pues su teoría de la poesía, el servivio y culto a una Diosa que es muchas Diosas, cuyo siervo sufriente aspira toda la vida a ser coronado por ella y morir, dirige toda su obra. Y como dijo él en uno de sus poemas, el título de poeta sólo se consigue con la muerte. Y poeta es el único título que adorna su tumba.

Añado un poema de Graves, incluído en la antología bilingüe editada por Pre-textos en 2005. Traducción de Antonio Rivero Taravillo
EL PAÍS SECRETO
Toda mujer en verdad regia posee
un país secreto, más real para ella
que este pálido mundo exterior:
la casa ya en silencio, a medianoche
aparta aguja o libro
y lo visita sin ser vista.
Cerrando los ojos, improvisa
una verja de hierro entre abedules:
salta la barrera, toma posesión.
Luego corre o vuela, o bien cabalga
un caballo que trota a recibirla,
y viaja adonde quiera;
sabe hacer que la hierba crezca,
que el lirio se entreabra a su mirada
y que los peces coman de su mano;
ha fundado aldeas, plantado bosques
y vaciado valles para que los arrollos corran
fríos a una bahía sin salida al mar.
Nunca osé preguntar a mi amor
por el gobierno de su reino
ni por su geografía
ni la he seguido entre esos abedules,
escalando esa verja
para espiarla en la niebla.
Y aun así, me ha prometido, cuando muera,
un pabellón al pie de su palacio
en un calvero liso en la espesura,
donde crece la genciana y el alhelí
y que a veces podamos encontrarnos.
de More poems, 1961
3, sep | 2 comentarios drj En: literatura a propósito de compártelo Tags: robert graves, iconotropia
me dan miedo los turistas
Ayer leí una noticia en el periódico que me dejó de una pieza: un turista finlandés le había arrancado una oreja a un mohai de la Isla de Pascua. Ignoro cuánto vodka llevaba encima, o si tenía una insolación, pero lo cierto es que el tipo se subió a un mohai y estuvo un rato forcejeando hasta que se le llevó la oreja. Una mujer alertó a la policía y, como estaban en una isla, acabaron por atrapar al finlandés, que, todo lo que pudo decir al respecto fue que " la estatua era tan majestuosa que sintió que debía llevarse algo de ella a casa" - no debía de tener cámara de fotos.
Tal vez, esta historia es hasta demasiado ridícula como para ser tenida en cuenta, pero a mí no me parece una anécdota. Basta recordar el comportamiento de la gente en los Museos Vaticanos y preguntarse qué pasaría si pudieran trepar al techo de la Capilla Sixtina. Y supongo que por todas partes es igual. Me asombra el absoluto desprecio que algunos turistas muestran por el sitio que visitan - aunque el del mohai se pasó de aprecio. Aquí en Lloret, por ejemplo, los turistas - guiris- vienen con operadores que los meten en hoteles de los que apenas salen, sólo van a restaurantes que podrían estar en su país, apenas si prueban la comida autóctona y lo que consideran más cercano al lugar que visitan son los enormes sombreros mejicanos que venden en las tiendas de souvenirs sijhs de la playa.
Me llama la atención esa manera de viajar sin salir de casa, con bares donde conectan sus televisiones, siguen sus ligas de fútbol, les sirven sus platos y sus cervezas... y estuvimos en Costa Adeje, Tenerife y era igual; no sé cuántos de ellos visitaron el resto de esa maravillosa isla, esos pueblos como Icod o Garachico - fantástico- o el Teide; cuántos probaron el gofio o los vinos de la tierra. Conforme voy escribiendo, casi prefiero al émulo de Van Gogh en oreja ajena que a estos extraños viajeros que llevan su país consigo, a un clima más soleado, eso sí.
28, mar | 4 comentarios drj En: literatura a propósito de vida y milagros compártelo Tags: turistas


