Categoría: literatura
será mejor que te vayas, falstaff.
Escribía Guillermo Cabrera Infante en Cine o sardina, o tal vez en Arcadia todas las noches, o tal vez, después de todo, no lo escribiera Cabrera Infante, que Sopa de ganso, la célebre película de los hermanos Marx, sólo tuvo un espectador en Italia; alguien influyente, ya que prohibió que cualquier otro italiano la viese. Un tal Benito Mussolini.
En La broma, de Milan Kundera, un joven comunista checoslovaco pretende tomarle el pelo a una chica tonta con una nota sarcástica sobre Lenin y Stalin, pero su sentido del humor no es entendido por sus compañeros de universidad y de partido y acaba condenado a trabajos forzados en una ciudad minera.
De ambos ejemplos puede extraerse que humor y poder no suelen llevarse bien y cuanto más alto el poder, peor. Tal vez porque el humor, que no la bufonada, nos hace reír al descubrirnos que las cosas y órdenes establecidos no son en verdad lo que nos dicen que son o debieran ser. Curzio Malaparte dio una definición brillante de lo que es un estado totalitario: aquel donde todo lo que no está prohibido es obligatorio. ¿Cómo va a tolerar entonces algo que pone en duda las prohibiciones y las obligaciones?
He diferenciado a propósito el humor de las bufonadas porque los bufones, al estar a sueldo de los reyes, no acostumbran a poner en juego su pan y su jergón. De ahí que nuestros políticos hayan tomado la grotesca costumbre de reírse a carcajadas de las burdas imitaciones que los bufones modernos les hacen por la tele, ya que burlarse de un acento, un rasgo físico o un gesto es tolerable, pues distrae del verdadero blanco sobre el que dispararía el humor.
Pero tal vez, la relación que mejor ilustra cómo se llevan el humor y el poder es la de sir John Falstaff y el príncipe Hal, como nos muestra Shakespeare en Enrique IV, 1ª y 2ª parte -para quien no las haya leído o no desee esperar a que representen las obras en su ciudad siempre le queda la posibilidad de ver Campanadas a medianoche, de Orson Welles-. Es Harold Bloom el que insinúa que Falstaff es un maestro de humoristas, que en variada tipología y número lo acompañan por las tabernas y casas de putas de su época y que su alumno más brillante es el príncipe Hal, que ha decidido que Falstaff debe morir para que no oculte su propio brillo para cuando sea rey en Enrique V. Pero yo creo que en realidad Hal no desea aprender el arte del humor de Falstaff: el rey en el que se convertirá será pragmático, enérgico y preciso, capaz de invadir Francia si es necesario pero carecerá por completo de sentido del humor; Enrique V se toma muy en serio. Creo que lo que Hal hace al seguir a Falstaff es lo mismo que hacían los reyes con los venenos más comunes: tomar pequeñas dosis de manera repetida para volverse inmunes a sus efectos. Así, Hal prueba la desvergüenza, la burla del honor y el deber y el agudo sentido de lo ridículo que son los asuntos del mundo que con tanta elocuencia muestra Falstaff, sin que el príncipe, que lo intenta desde la primera escena, pueda vencer a esa elocuencia, en parte porque en ella reside la alegría de la vida, que Hal no parece tener: siempre lo encontramos más viejo
que Falstaff, aunque sus cuerpos nos digan lo contrario. Así, Falstaff no duda en calificar a Hal de loco, por su ambición de reinar y, por si no fuera suficiente, le lanza dardos tan demoledores como la frase que le dice cuando Hal pone peros al robo en Gad's Hill: nunca podrás ser digno de ser rey si no te atreves a participar en un robo.
¿Cómo no iba a apartar de sí Hal a Falstaff una vez coronado? ¿Alguien cree posible que pudiera pronunciar su emocionante discurso anterior a la batalla de Azincourt con Falstaff entre los presentes? Me parece improbable que el discurso despertara en Falstaff la emoción que despierta en Westmoreland; más bien todo lo contrario y Enrique V no estaba dispuesto a que alguien pusiera en duda que el mundo fuera tal y como él decía que debía ser. Por eso decidió desterrar a Falstaff con duras palabras: No te conozco, viejo. Más te vale que te pongas a rezar. O lo que es lo mismo: será mejor que te vayas, Falstaff. 
23, oct | 1 comentario drj En: literatura compártelo Tags: falstaff
los poetas.
No me vengais ahora
con que el poeta es el guardián
del fuego sagrado, el custodio del canto
increado o cualquiera otra de esas
gilipolleces.
Muchos fueron chupapollas, lacayos
de sus amos, aduladores, funcionarios
sacerdotes descreídos de cualquier Dios
que les asegurase su precioso cobijo
y su sustento.
Otros, menos afortunados
no pasaron de oficinistas sin sueldo
de redactores de cartas comerciales
o aburridos altos ejecutivos de Tabacos
de Filipinas.
Los mejores, por último
fueron asesinos, bandidos, malhechores
difamadores, tristes borrachos que buscaban
en el espíritu del vino la salida a
su mediocridad.
Así que dejaos de fuegos
cantos y monsergas: los poetas
niños y niñas, como las putas
no están fuera de la Sabia República
por casualidad.
25, jun | sin comentarios drj En: literatura compártelo
federico
A veces creo que no te has muerto
que no sufrió tu carne la afrenta
del plomo ni florecieron claveles
en las estrechas honduras de tu pecho.
A veces creo oir tu risa
en la tranquila sonata del agua
y trae retales sueltos de tu charla
el soplo inconstante de la brisa.
¿ Qué hormiga reina en tu cráneo?
¿ Qué imperios se disputan los lirios
que cuelgan sus banderas de tus órbitas?
¿ Qué trozo de mundo aferran tus dedos?
Súbdito de la luna, te mataron al alba
te robaron la risa, te robaron la gracia
ocultaron tu rostro con cal y con tierra
pero tus versos siguen sosteniendo tu alma.
Ya no hay niños en la fragua
ni ancianas que esperan en la baranda
ni jinetes insomnes que no verán el alba
ni caballos grandes que espantan el agua.
Duerme el niño en lo hondo del pozo
navega la luna en lo ancho del cielo
ranas y luciérnagas devoran tus cabellos
y el musgo susurra, muy bajito
Federico.
abril de 2009.
26, abr | 3 comentarios drj En: literatura compártelo
cadaqués.
Desdeño
la exquisita línea de tus casas
y tu estudiada pose de postal perpétua;
fue en tus calles donde sentí
un dolor preciso, sucio y punzante
como un hierro al rojo que se clavara
con suave maestría entre mis costillas
haciendo añicos el sol y el mediodía.
Te rechazo
ombligo encalado del Mediterraneo
ufana ramera que finge su inocencia
y sacudo tu polvo de mis sandalias
por si acaso.
.
febrero de 2009. 
4, mar | 2 comentarios drj En: literatura compártelo
la melancolía de las grúas
Así como las veis ahora, aquí y allá
solitarias, cabizbajas, tristes de tan quietas,
cuesta creer que fueran en su día orgullosas
torres de metal más preciosas que el oro.
Hendían entonces los cielos con furia
subiendo, trayendo, llevando y dejando
cual ferreo brazo de un titán que desconociese
la fatiga, la duda, el miedo o el arrepentimiento.
Cuando dejaron de darles lo que comían
- el cemento, las vigas, las maderas y el ladrillo-
enfermaron de quietud y ensimismamiento
palidecieron de orín y enmudecieron de pena.
Como animales sorprendidos por un cataclismo
fósiles apresurados reducidos a su esquema
también podría mostraros yo en ellas
la angustia reunida en un puñado de hierro.



18, feb | 2 comentarios drj En: literatura compártelo
under the bridges of paris
I.
Oh, si pudieras venir
Sena abajo junto a mí
compartiríamos vino y rosas
bajo los puentes de París.
.
Nuestra buhardilla una gabarra
nuestro techo el cielo
las estrellas nuestra colcha
el amor nuestro puchero.
.
¿ Vendrás, amada mía
Sena abajo junto a mí
compartiendo luna y alondras
bajo los puentes de París?
.
Cada día un beso
cada noche un te quiero
cada caricia un puente
cada puente un me muero.
.
Oh, si pudieras venir
Sena abajo junto a mí
tú y yo cantaríamos
bajo los puentes de París.
.
II.
Cobijo de los amantes
en el despertar del alba
cuando el cielo está en calma
son las patas de los puentes.
Su lomo también se usa
por hombres de bolsillos llenos
de amarguras y recuerdos
para saltar sobre las aguas
- rosas de nadie, cenizas
de una lengua que ya no canta-.
.
III.
.
No hay dolor más íntimo, más cierto
que hablar la lengua del verdugo;
sus palabras de ceniza y de sangre
tomando con violencia la boca
los gestos, las páginas, la vida
del hombre triste y extranjero
Moisés no salvado de las aguas
que con un sólo gesto, o su renuncia
a hacerlo, se reune con sus padres
su lengua y su pueblo.
.
IV.
Y así, mi amor
como dice la canción
¿ Vendrás junto a mí
bajo los puentes de París?.
diciembre de 2008-febrero de 2009

11, feb | 2 comentarios drj En: literatura compártelo
el sobrino de oscar wilde
La primera noticia que tuve de la existencia de Arthur Cravan, sobrino de Oscar Wilde, fue en una nota de introducción en el catálogo de una exposición de pinturas de Oskar Zügel, pintor alemán que vivió durante años en Tossa, a donde había llegado huyendo de los nazis. La nota venía firmada por la entonces alcaldesa de Tossa, Pilar Mundet, que creo que es licenciada en literatura o filología inglesa. En ella se hacía un repaso de todos los ilustres artistas extranjeros que nuestra hermosa villa ha tenido el placer de acoger, tales como Marc Chagall, André Masson, Georges Bataille, Georges Kar, Jean Metzinger, el mismo Zügel... y, especulaba la entonces alcaldesa, el sobrino de Oscar Wilde, el misterioso Arthur Cravan, que tal vez estuvo en Tossa en 1914-1915, como huesped de unos ingleses que abrieron el primer hostal de la villa.
Nunca había pensado que Oscar Wilde pudiera tener un sobrino, pero si Jaime Gil de Biedma puede tener una prima, supongo que tener un sobrino es de los más normal. En un primer momento, lo que me llamó la atención fue el apellido. Cravan recuerda a Caravan y da una sensación de errancia, de vagabundeo, muy sugestiva. Por supuesto, el nombre no es su nombre real. Se llamaba Fabien Avenarius Lloyd, por lo que no me extraña el cambio de nombre. Era hijo de la hermana de la mujer de Wilde, así que tío Oscar no le legó ni medio gen, pero sí el que podría ser su epitafio: " que hablen de uno, aunque sea mal".
Su tarjeta de visita no tiene desperdicio - y más que tarjeta es un folio de visita- : arthur cravan, industrial -marino en el pacífico - arriero - cosechador de naranjas en California - encantador de serpientes - rata de hotel - sobrino de Oscar Wilde - leñador de los bosques gigantes - ex-campeón de Francia de boxeo - nieto del Canciller de la Reina - chófer en Berlín - etc., etc., etc. (Maintenant nº 4, París, Marzo de 1914). Se dejó en ella su máscara de poeta, pues así le gustaba también presentarse, como el poeta con los cabellos más cortos del mundo.
La poesía y el boxeo - pero todavía más la provocación y la polémica- eran sus dos ocupaciones principales, tal vez porque ambos consisten en lograr algo de la manera más simple y bella posible. Su principal obra, sin embargo, fue él mismo, cumpliendo lo que Wilde opinaba de Jesús - que era un artista de sí mísmo, y que su vida era su obra más hermosa. Bloguero avant la lettre, escribió y editó los cinco números de la revista Maintenant, con la que consiguió ofender a diestro y siniestro, hasta el punto de que Apollinaire le mandó a sus padrinos.
Huyendo de la guerra, se marchó de Francia. Reaparece en 1916, en la Plaza de Toros Monumental de Barcelona, en un combate de farsa contra el campeón de los pesados Jack Johnson del que hay diferentes versiones, todas humillantes para Cravan excepto la que él explicó sin inmutarse un año después, en Nueva York. Parece ser que llegó a tener una academia de boxeo en la calle Conde de Asalto de Barcelona. Su hipotética y tal vez espúrea estancia en Tossa estaría encuadrada entre su fuga de París y su combate de Barcelona.
Ya en América, conocería a la poeta Myna Loy, en la que engendró una hija. Cuando iba a reunirse con ella desapareció sin dejar rastro en algún lugar del Golfo de México, adelantándose así a otro poeta, Hart Crane. Tal vez se arrojó al mar porque, como Robert Graves, sabía que el título de poeta sólo se consigue con la muerte. Puedo imaginármelo en Tossa, en una tarde de agosto que ya se dirige al crepúsculo, baja por la calle del pou de la vila y deja atrás la capella dels Socors, para llegar a la plaza de España, que todavía conserva sus plátanos, y en la que destaca la fachada del Hotel Diana, que aún sigue ahí. Las calles están sin asfaltar, las casas del siglo XVIII, encaladas, parecen devolverte al siglo XVIII. Hay vecinos sentados a la puerta de sus casas, los niños juegan entre los plátanos. Gira a la izquierda y baja por la calle de las pescaderías viejas - entonces nuevas- donde se está subastando el pescado tras el día de faena. Llega a la playa: en ella hay barcas y a la sombra de las barcas mujeres, tanto jóvenes como ancianas, remendando las redes para el día siguiente. Empieza a subir la cuesta que lleva a la muralla desmoronada, a lo que los lugareños llaman, exagerando un poco, castillo. Tal vez se lía un cigarrillo mientras se sienta a mirar la sesión contínua del mar y cómo se retira la luz del cielo. En sus ojos brilla la conmovedora confianza de los futuros ahogados mientras contemplan las aguas.



este es el sobrino de Oscar Wilde.
2, feb | sin comentarios drj En: literatura compártelo Tags: cravan
chandleriana (III)
A la mañana siguiente me duché, sin olvidar codos, rodillas y parte posterior de las orejas, me corté y limé las uñas hasta que se pudiese bailar un madison en ellas y me dispuse a vestirme con sumo cuidado en la combinación de colores, cosa que por otra parte facilitaba el disponer de un único traje presentable, de color azul pavo. Escogí una camisa blanca y una corbata de seda color granate un poco anticuada, con un pañuelo casi del mismo color. Me hice un nudo windsor y cepillé a conciencia la americana del traje y el sombrero antes de ponérmelos. Desayuné café solo y tostadas, sin zumo. Salí de casa y me acerqué a la barbería de Moe, un local en vías de extinción en esta nueva era de máquinas de afeitar eléctricas.
- ¿ Dónde va tan elegante, señor Marlowe? - me dijo mientras me ponía el delantal y afilaba la cuchilla.
- Tengo una cita con Ava Gardner.
- Fiuuuu - silbó un tipo que estaba sentado en el otro sillón de barbero, con la cara llena de jabón- Amigo, si necesita ayuda, no dude en llamarnos.
- Pues a mí me gusta más Marilyn - dijo un vejete que estaba hojeando una revista de cotilleos- Tiene el culo mejor puesto del mundo.
- ¿ Y qué me dice de Jane Russell? - dijo Marty, que estaba afeitando a mi compañero, el de la cara llena de jabón- Menudo par de tetas.
- Ese par de tetas sólo puede tocarlo Howard Hughes - dijo el del jabón- Si es que el tipo puede tocar alguna cosa sin lavarse las manos. Oiga - ahora se dirigía a mí - ¿ Es verdad que va a ver a la Gardner? ¿ Cómo lo ha conseguido?
- Puso un anuncio en el periódico: "Busco semental de más de cincuenta años, soltero y estúpido".
Se hizo un silencio que duró apenas tres segundos; después, los cuatro estallaron en carcajadas. Hasta yo reí.
- No, en serio ¿ Cómo lo ha conseguido?
- Se necesita toda una vida de práctica y paciencia para eso.
- Lo que pasa es que el señor Marlowe es detective - terció Moe, empezando a rasurarme- y la señorita Gardner debe de estar en un lío ¿ Verdad?
- No pienso hablar con una navaja en el gaznate.
- Un lío - dijo el del jabón- Un lío. Seguro que le han hecho fotos chupándosela a un político, o follando con una tortillera.
- Sí -dijo el vejete, riendo- Con Marilyn.
- ¡ Marilyn no es bollera! - dijo el del jabón, ganándose un corte detrás de la oreja- Aunque, joder, si piensas en las dos...
- Y Jane Russell mirando - dijo Marty- Preparada para relevar a la que se canse primero.
Uno de los aspectos más penosos de la condición masculina es el de no acabar nunca de salir del todo del onanismo de la adolescencia. Se trata de hacerle el amor a mujeres mudas, que no cuestionan, que ni siquiera están allí mientras sucede; y el lenguaje no deja de ser el mayor de los onanismos. Moe acabó de afeitarme y lamenté no tener una máquina de afeitar eléctrica al pagarle quince dólares. Me despedí poniéndome el sombrero.
- Señores, su charla sobre estética es lo mejor que me ha pasado hoy.
Fui caminando hasta el garaje donde guardaba el packard; desentonaba tan austero entre los autos de esta década, todos con cromados y bicolores, pero era fiable y aún duraría unos años. De todas formas, debía empezar a pensar en comprar otro coche; en Los Ángeles es más rentable invertir en coches que en casas. Miguel, el chico mejicano que vigilaba el parking me saludó en español.
El tráfico no era tan terrible como otros días, o tal vez yo estaba de suerte. Me encontré frente a la puerta de los estudios a las nueve y media. Detuve el coche frente a la barrera de entrada. El guarda de la garita tenía pinta de ser un chico de Wisconsin que había venido aquí a deslumbrar al mundo. Le hice una seña para que se acercara. Salió de la garita con cara de fastidio. Era muy joven.
- Buenos días, señor. ¿ Qué desea?
- Me llamo Philip Marlowe - dije alargándole una de mis tarjetas, modelo 1943- Soy detective privado y tengo una cita con la señorita Ava Gardner. Mi amigo Charlie Cohen llamó ayer a Velma Thompson para concertarla.
- Disculpe un momento, señor.
Volvió a entrar en la garita y llamó por teléfono. Me miró un par de veces mientras lo hacía. Por fin, colgó y volvió a salir de la garita. Llevaba un rectángulo de cartón y un cartapacio.
- Tenga esto- dijo entregándome el rectángulo-, es su acreditación. Firme aquí, por favor - abrió el cartapacio. Firmé con un lápiz que siempre llevo en la guantera. Se inclinó un poco, como si yo fuera sordo, para indicarme el camino- Verá, señor: siga por la calle principal hasta llegar a la gran plaza, donde están los edificios centrales. Allí podrá aparcar. La señorita Gardner se encuentra en el edificio E. Pregunte por ella cuando llegue allí.
Hasta llegar al edificio E me crucé con indios que charlaban animadamente con faraones y romanos, con un grupo de hombres famélicos, mal vestidos y con gafas, que identifiqué como guionistas y con un grupo de robustas, saludables y risueñas jovencitas que debían de ser scripts. El edificio E era un falso edificio, como tantos edificios aquí, en California, donde todo parece un decorado. Pregunté a un recepcionista dónde estaba Ava Gardner. Me hizo esperar un momento mientras llamaba por teléfono. Colgó. Me rogó que esperar un poco. Tomé asiento en un potro de tortura medieval disfrazado de sillón. Empecé a leer un número de Life en el que había un amplio reportaje sobre la guerra de Suez. Estaba analizando detenidamente una foto de Moshe Dayan cuando alguien me habló.
- Buenos días, señor Marlowe. Soy Velma Thompson, relaciones públicas de la señorita Gardner. Le estamos muy agradecidas por tomarse la molestia de haber venido.
Era una mujer alta y rubia de unos cuarenta años, con aspecto de enfermera alemana, de esas que suelen confundir dolor y placer; llevaba el mismo peinado que Eva Perón, o por lo menos el peinado que yo le había visto a Eva Perón en las revistas. Me tendía la mano. Agradecí que me salvara del sillón, así que me levanté y se la estreché.
- ¿ Trae las fotos?
- En realidad es sólo una foto, y no tiene nada de extraordinario, si esceptuamos la belleza de la señorita Gardner.
- Comprendo- dijo, poniéndose súbitamente colorada- Verá, le diré las normas: nada de hablar con la prensa, nada de preguntas sobre sexo - el rubor subió un par de tonos- y nada de fumar. Ava lo está dejando.
- ¿ El sexo?
- Es usted gracioso, Marlowe. Si quiere, al salir puede dejar su teléfono, tal vez lo llamen del departamento de guionistas.
- Me temo que ser guionista es más peligroso que ser detective. Los hay que han acabado narrando películas mientras flotan en la piscina.
No se dignó a volver a dirigirme la palabra. Una pena, pues su aire de enfermera severa francamente me gustaba. Nos detuvimos frente a una puerta del segundo piso, exacta a sus hermanas puertas del segundo piso. La Thompson llamó con los nudillos y una voz dijo "adelante". Aún me dirigió una última mirada que hubiera congelado el infierno.
La habitación era un despacho con una alfombra color moaré en la que podría haberse perdido un elefante. Ella estaba sentada en una silla de despacho, de espaldas a la ventana. No se levantó al verme entrar. Tenía una cualidad fresca, como la de algunas mañanas de diciembre, antes de que la bruma y la polución hayan subido a las colinas. Me recordaba a un arroyo de montaña, fresco e impetuoso.Vestía de manera sencilla, no llevaba joyas ni maquillaje, y era preciosa. Recordaba fotos suyas con pescadores y toreros en España. Había bailado con el caos hasta excitarlo en el principio de los tiempos, le había dado una manzana a Adán, había cantado para Ulises atado al mástil y había ungido los pies de Jesús con sus lágrimas. Era La Mujer. Hay una cualidad pueril en los hombres. La mayoría de ellos no pasa de la edad intelectual de doce años. Su violencia es la misma que la del jardín de infancia, sólo que cambian piedras por pistolas. Ellas son diferentes. Ellas saben. Son la Madre, la Esposa y la Muerte, todo en uno. Es normal que te dejen sin palabras. Ella me estaba hablando.
- ¿ Señor Marlowe? ¿ Se encuentra usted bien? Le estaba diciendo que puede ponerse cómodo si lo desea.
Mi mirada vagó por la habitación hasta tropezar con la silla gemela de la suya. Me senté en ella y puse el sombrero sobre mis rodillas.
- Estaba tratando de asimilarlo.
- ¿ El qué?
- A usted.
Su risa sonó rápida y clara. Era una risa impúdica, que haría girar las cabezas en una fiesta.
- Vaya, gracias - como si su institutriz se lo recordara se puso seria- Vayamos al grano, señor Marlowe. Charlie Cohen llamó ayer a Velma para explicarle una historia sobre locos rematados y fotografías comprometedoras ¿ Qué hay de cierto en ello?
- Bueno; como ya sabe, Charlie empezó en la publicidad, así que es normal que exagere. Hay una sola fotografía y la tengo aquí.
Le alcancé la fotografía. Nuestros dedos se rozaron. Sólo eso, pero el vello se me puso de punta. Examinó la fotografía con atención, juntando las cejas. Por fin dijo.
- No lo entiendo. Es una fotografía promocional ¿ Qué tiene de extraordinario?
- La fotografía nada, si la exceptuamos a usted - sonrió- Lo extraordinario es que me la mostró una tal Mary Lou Carson, de Virago, Alabama, diciendo que se trataba de su hermana Lula Mae Carson, un domingo por la tarde. Así que debo preguntarle ¿ Es usted Lula Mae Carson?
- ¡ Diablos, no! - volvió a reir- Madre mía, Lula Mae. Además, yo soy de Virginia. Debe de ser una confusión.
- Una confusión extraña. No tengo hermanos, pero si los tuviera, no los confundiría con Gary Cooper o Tyrone Power.
Se encogió de hombros y mostró las palmas de las manos.
- Qué quiere que le diga. Es evidente que esa pobre mujer está loca. Tal vez sí tiene una hermana que vino a Hollywood hace unos años. Ya sabe usted todo lo que puede pasarle a una chica en esta ciudad. La Dalia Negra...- se estremeció. Era delicada como el aire del desierto- buf, da escalofríos. Tal vez esa mujer necesita creer que su hermana está viva y necesita que alguien la busque. Que alguien le diga la verdad.
- ¿ Y qué es la verdad?
- De todos modos, señor Marlowe, esto no me atañe.
- ¿ Ah, no? ¿ No está intrigada? ¿ Ni siquiera un poco?
Volvió a sonreir y una mirada maliciosa se deslizó en sus ojos.
- ¿ Qué me propone?
- Le propongo conocer a la señorita Mary Lou Carson, de Alabama.
- No sé si eso estaría bien.
- Sería una manera de averigüar si, efectivamente, es una loca.
- ¿ Pretende que me haga pasar por su hermana para comprobar si dice la verdad?
- Bueno, es una actriz ¿ No?
- Pues sí, Marlowe. Y cobro bastante.
- Lo supongo, pero en este caso es distinto; sería una buena acción. Y podría explicarle a sus amigos que una vez fue ayudante de un detective privado.
Volvió a reírse. Se levantó, paseó por la habitación; estaba empezando a pensar de verdad en lo que le proponía.
- Es lo más absurdo que he oído en mi vida.
- La creo. Soy bastante absurdo en general.
- Estoy tentada... parece divertido, excitante, diferente.
- Lo es. No para dedicarse toda la vida pero lo es ¿ Qué me dice?
- Trato hecho - nos estrechamos la mano.
- ¿ Tiene un teléfono?
- Está a punto de morderle.
Marqué el número del hotel que venía en la nota y pregunté por los Carson. Al cabo de unos minutos, Ralph contestó.
- ¿ Señor Marlowe?
- Yo mismo. He encontrado a su hermana. Nos reuniremos mañana en el Angelo's, en la esquina de Sunset y Vine, a las once. - tuve que repetírselo letra a letra para que lo anotara.
- ¿ Está seguro de que es ella?
- Al menos es clavada a la foto.
Ava volvió a reir.

Edward Hopper, the night window.
23, ene | 4 comentarios drj En: literatura compártelo


