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La Coctelera
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françois villon, poeta y malhechor.

Antes, mucho antes de Baudelaire, un poeta maldito ya deambulaba por París. Se trataba del maestro en artes François Villon; nacido "de Montcorbier", adoptó el apellido del clérigo Guilermo de Villon, su protector y " más que un padre". La primera vez que me lo encontré fue en el epígrafe de uno de mis libros de cabecera, A sangre fría, de Truman Capote. Se trataba del inicio de su poema más célebre, La balada de los ahorcados, que no podía ir mejor a la historia de Dick Hickock y Perry Smith.

Frères humains qui après nous vivez,

N' ayez les cuers contre nos endurcis,

Car, se pitié de nous povres avez,

Dieu en ura plus de vous mercis.

Lo busqué en La historia de la literatura que teníamos en casa - la de mis padres- y me llamó la atención la doble vida de Villon: poeta brillante y malhechor, participante en riñas, robos e incluso muertes violentas. No es que esto último lo haga mejor poeta, pero te lleva a preguntarte cómo es posible que se combinen ambas cosas.

En 2002 me compré una pequeña antología de bolsillo, editada - cómo no- por Debolsillo, con una hermosa portada de plumas negras sobre fondo blanco, y bajo el título Las nieves de antaño, que es el verso que se repite en la Balada de las damas de antaño, una de sus composiciones más famosas. En las últimas vacaciones, tuve la suerte de encontrarme a Villon en la Llibreria 22, de Girona: su poesía completa en edición - traducción, introducción y notas- de Gonzalo Suárez.

Es en la introducción donde Suárez nos informa que el 5 de junio de 1455, fiesta del corpus, Villon mató, parece que en defensa propia, a Philippe Sermoise, lo que propició su destierro voluntario de París, durante unos ocho meses. Fue peor el remedio que la enfermedad, pues Villon entró en relación con la coquille, una peligrosa hermandad de asesinos y ladrones, cuyos miembros, los coquillards, tomaban el nombre de las conchas que llevaban prendidas en la ropa para confundirse con los peregrinos que iban a Compostela. Los coquillards tenían estatutos propios, obedecían a un rey y hablaban una enrevesada jerga. Algunos estudiosos atribuyen unas once baladas, algún auto sacramental y diversas composiciones escritas en dicha jerga al mismo Villon, con consejos de prudencia a los malhechores.

El profesor Jean Deroy, de la Universidad de Utrech, identifica a Villon con un tal Simon le Double, el del labio rajado, que aparece en una lista elaborada por el Síndico de Dijon sobre la temible coquille.

Vuelto a París, la tranquilidad le duraría poco. Planeó y perpetró un robo en el Colegio de Navarra, del que le tocaron 120 escudos de oro. No pudo disfrutarlos, pues uno de sus compinches se lo confesó a un cura, que desatendiendo el secreto de confesión, se lo comunicó a la autoridad. De nuevo alejado de París, habiendo ya escrito Los legados, un poema en el que, con sentido del humor, se despide de amigos y enemigos y hace donaciones de edificios públicos y bienes que no le pertenecen, se hospeda en la corte de Blois, donde no dura mucho, y en las mazmorras del obispo de Orleans, donde no hubiera durado mucho si no alcanza a subir al trono Luis IX y una amnistía general lo libera.

Parece que ha empezado ya a escribir El testamento, su otro gran poema, heterogeneo, abigarrado, burlesco y grave, una especie de retablo de la edad media a punto de morir y de la Muerte misma presente en la alegría de la vida. Es en este poema en el que Villon se vuelve nuestro contemporáneo, introduciendo, casi 200 años antes de Shakespeare, que según Bloom inventó lo humano, una subjetividad vívida y poderosa en sus versos. No podemos saber quiénes son sus personajes - podemos saberlo gracias a sus eruditos, pero ni Rabelais, uno de los grandes admiradores de Villon, podía saber a ciencia cierta quiénes eran apenas un siglo después- pero las burlas, ligeras o crueles que Villon les dedica, los lamentos de La Bella Armera o la ya citada Balada de las Damas de antaño, nos son muy familiares.

De vuelta en París, es condenado a muerte por haber estado presente en una riña de taberna, por lo cual dirige una apelación en verso al tribunal, y se le concede la conmutación de la pena por la de destierro perpetuo.

En el interesante retrato que Suárez nos hace del París de Villon, destaca la descripción del patíbulo de Montfaucon, que se alzaba sobre un montículo y tenía dos pisos de vigas entrecruzadas, de los que colgaban decenas de cuerdas y cadenas, al extremo de las cuales se balanceaban los cuerpos de los ajusticiados, dejados a la lluvia, el viento y los cuervos; también la del cementerio de los inocentes, que era utilizado como parque de recreo, y sobre cuyas lápidas se celebraban comidas campestres, canciones y juegos. Sobre uno de los muros, una pintura al fresco representaba la Danza Macabra, la Muerte igualando a humildes y poderosos.

La Muerte, ahora escamoteada por hospitales y tanatorios, era una experiencia cotidiana en la época de Villon; de ahí la desgarradora sinceridad de su Balada de los ahorcados:

Hermanos hombres que nos sobrevivís,

no tengáis el corazón duro con nosotros,

pues, si de estos pobres compasión sentís,

Dios la tendrá más pronto con vosotros.

Nos veis aquí colgados, cinco, seis.

En cuanto a la carne, que harto hemos nutrido,

Hace tiempo que devorada está y podrida,

Mientras los huesos se harán ceniza y polvo.

Así, de nuestro mal nadie se ría;

¡ Mas pedid a Dios que a todos nos absuelva!

Si a vos clamamos, hermanos, no debéis

Despreciarnos, aunque fuimos ejecutados

Por la justicia. No obstante bien sabéis

Que no todos los hombres son sensatos.

Disculpadnos, ya que estamos difuntos,

Ante el Hijo de la Virgen María,

Que su gracia para nosotros no se agote,

Y que del rayo infernal nos preserve.

Estamos muertos, alma no nos agita,

¡ Mas pedid que a todos nos absuelva!

La lluvia nos ha vaciado y lavado,

Y el sol resecado y ennegrecido;

Urracas, cuervos, nos han vaciado los ojos

Y arrancado la barba y las cejas.

Jamás un instante permanecemos quietos;

De acá para allá, según varía el viento,

De continuo, a su antojo, nos sacude,

Más picoteados de aves que un dedal.

No seáis pues, de nuestra cofradía,

¡ Mas pedid a Dios que a todos nos absuelva!

Príncipe Jesús, que reinas sobre todos,

No permitas que vayamos al infierno:

Allí ya nada podemos hacer ni saldar.

Hombres, en esto no cabe burla alguna;

¡ Mas pedid a Dios que a todos nos absuelva!

traducción de Gonzalo Suárez.

Sin embargo, tanta contricción contrasta con una cuarteta que trata el mismo tema, de una manera muy diferente:

CUARTETA.

Yo soy François, lo cual me pesa,

Nací en París, junto a Pontoise,

Y por la cuerda de una toesa,

Sabrá mi cuello lo que mi culo pesa.

Y para acabar, incluyo una balada en jerga, llena de rabia, que prefigura a uno de sus sucesores de quinientos años después, el médico nihilista, misántropo y antisemita Louis-Ferdinand Céline.

BALADA DE LAS LENGUAS ENVIDIOSAS.

En rejalgar, en arsénico de roca;

en oropimiente, en salitre y cal viva;

en plomo hirviendo, para consumirlas mejor;

en hollín y pez empapados de lejía

hecha de excrementos y orines de judía;

en agua que ha lavado las piernas de leprosos;

en raspaduras de pies y calzados viejos;

en sangre de culebra y medicinas venenosas;

en hiel de lobo, de zorro y de tejón,

sean fritas esas lenguas envidiosas.

En sesos de gato que odia pescar,

negro, tan viejo que no tenga un diente en las encías;

de un viejo mastín, que vale igual de caro,

rabioso, en la baba y saliva;

en la espuma de una mula asmática

bien troceada con buenas tijeras;

en agua en que las ratas zambullen morros y hocicos,

igual que ranas, sapos y alimañas peligrosas,

serpientes, lagartos y otros nobles pájaros,

sean fritas esas lenguas envidiosas.

En sublimado, peligroso de tocar;

y sobre el ombligo de una culebra viva;

en sangre que se ve seca en las bacías

de los barberos, cuando llega la luna llena

y que una parte es negra, y la otra, más verde que cebollino;

en pupas y tumores y en los sucios compuestos

donde las nodrizas aclaran sus paños;

en los enjuagues de muchachas amorosas

(quien no me entiende no ha visto burdeles),

sean fritas esas lenguas envidiosas.

(ENVÍO)

Príncipe, colocad estos sabrosos trozos,

si no tenéis estameña, saco o tamiz,

en el fondo de unas bragas sucias;

pero antes, en excremento de cerdo,

sean fritas esas lenguas envidiosas.

Aurevoir, coquillards.


14, jun | 4 comentarios Posteado por: drj compártelo

4 comentarios

Vivir soñando 15 jun 2008 | 09:21 AM

¡¡¡ Que pasada Doctor!!! Esto no es un POST, es una obra de arte!

He aprendido...que ni te cuento.

Muchas gracias!

Un abrazo

dr-j 15 jun 2008 | 11:07 PM

Gracias, Gema: el buen François lo vale - o por lo menos sus versos, ya que él tal vez dejaba mucho que desear. Rescaté el post de LDA por el extraño error 500 o " sin comentarios". Se me olvidó decir que la editorial es Visor Libros, y que Villon, como poeta, siempre merece la pena, y además, la introducción y notas de Suárez son atinadas y justas. Un saludo.

luis fernando cadavid 8 may 2009 | 07:34 AM

cada lustro ,cada año que pase , este gran maestro, poeta , humano, se hace mas grande, mas vigente, mas actual es la radiografia de la fe y el mal, del delincuente y su miedo a Dios pero este gran poeta trasciende ya que plasma todo su ser, que ama , teme y vive , en una poesia visionaria que traspasa las fronteras del tiempo

dr-j 14 may 2009 | 12:57 PM

querido luís fernando - Louis-Ferdinand!- tú lo has dicho, no me queda añadir más. Saludos.

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