Desdeño
la exquisita línea de tus casas
y tu estudiada pose de postal perpétua;
fue en tus calles donde sentí
un dolor preciso, sucio y punzante
como un hierro al rojo que se clavara
con suave maestría entre mis costillas
haciendo añicos el sol y el mediodía.
Te rechazo
ombligo encalado del Mediterraneo
ufana ramera que finge su inocencia
y sacudo tu polvo de mis sandalias
                                         por si acaso.

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febrero de 2009.