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cuaderno de granada.
Gra-na-da : la lengua juega con el paladar y los dientes mientras saborea tu nombre. Granada. Fruto rojo y fresco que ofrece Perséfone en los Infiernos a aquellos héroes que la visitan y probarlo es el olvido. Pero probarte a tí no es el olvido sino llevarse tus nardos y jazmines clavados en los ojos y en el corazón. Dos versos revolotean en mi cabeza sin que encuentre el paso que me lleve a un tercero:
Tu corazón rojo lo atraviesan dos ríos
que van, como dijo el poeta, de la nieve al trigo.
Arriesgado hacer versos a la orilla del Darro cuando el Sol de los Poetas, tu hijo desaparecido, a tantos otros buenos de tus poetas debe de haber eclipsado. Granada. Garnatha de los judíos, reino de reyes enterrados bajo la nieve, o de reyes que huyen mientras les riñen sus madres; sepulcro de reyes católicos y palacio incompleto de emperadores. Otro de tus hijos ilustres que también ha muerto te cantó un día:
Ay, Granada mía, si tú quisieras
yo contigo me casaría.
No hemos visto la enorme pintada que en la Alcaicería dice DI NO AL ROMERO y caemos en la trampa de las gitanas que, a la sombra de la catedral, regalan romero y te leen la mano gratis para después exigirte el pago de 20 euros por cada mano con una vehemencia y una perfecta coordinación de movimientos que te hacen sentir como la corza herida acosada por los perros. Y cuando logras zafarte, semejantes a las brujas de Macbeth, lanzan sobre ti una lluvia de juramentos y maldiciones. No desdeño su magia. Al contrario, la respeto y la temo, pero yo también tengo la mía, empezando por un komboloi que me regaló mi hermano, con sus ojos protectores y Carmen cuenta con un amuleto nepalí que lleva en su centro bordado un espejito que refleja el mal. Por si eso no fuera suficiente conozco otros métodos, Como no podré esparcir sal por la alfombra del hotel ni estampar la palma de mi mano teñida de azul en la pared, decido llenar un vaso de agua y dejarlo en la habitación del hotel. Es bien sabido que los espíritus dañinos siempre están sedientos y al ir a beber quedan atrapados en el vaso como burbujitas y burbujones.
En el Paseo de los Tristes, a las cinco de la tarde, a los pies de la Alhambra murmura el Darro y la brisa lo imita cuando pasa entre los árboles. En la Torre de la Vela se agitan las banderas y las cabecitas de los turistas se asoman, remedo de los vigías moros que vieron avanzar al católico ejército de sus majestades del mismo nombre con las peores intenciones - o no, según se mire. Dos chicas en biquini toman el sol a la orilla del Darro, directamente sobre la hierba. Aromas de nardo, naranjo y azahar se escapan de cientos de jardines ocultos en el laberinto blanco del Albaicín, con sus cipreses que buscan el cielo. Un dúo de guitarra y cajón nos regala música y el agua salta y repica en la fuente. Y Granada es, sobre todo, rumor de agua.
Aunque su cuerpo, como el del Rey Niño Sebastián, no haya sido encontrado, él está muy presente. Da nombre al aeropuerto y su retrato pasea en el costado del bus turístico. Su cuerpo oculto me recuerda el Darro que desciende al inframundo o mundo de los muertos en la Plaza Nueva para reaparecer justo antes de verterse en el Genil, como un Adonis de agua y rumores.
Deberías agradecer a tu ciudad que no te haya convertido en una caricatura o mascota, que no des nombres a videoclubs, inmobiliarias u otros negocios dudosos; que no te hayas convertido en taza de desayuno, imán de nevera o camiseta de tirantes. Para eso ya está la Alhambra, leal y sufrida como aquellas moras que en los romances se enamoraban de caballeros cristianos que se casaban con otra. Quisimos visitar la casa donde pasabas los veranos, en la Huerta de San Vicente, pero ya no quedaban entradas. Estuvimos en el zaguán de tu casita encalada, al asalto del mostrador que defendía el soldado más pacífico del mundo, que le regaló un cartel - con tara, eso sí- de tu Barraca a una señorita rubia de acento extranjero cuando protestó por el precio del que no tenía tara. Yo compré una selección de tu correspondencia y el romancero gitano.
Me gustaría ver la cara que pondrías al oír recitar al autómata que recibe al visitante del Parque de las Ciencias:
Verde que te quiero verde
Verde viento. Verdes ramas
El barco sobre la mar
y el caballo en la montaña.
22, may | 2 comentarios drj compártelo
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2 comentarios
Granada que bonita...
Escribes poemas muy bonitos, leo tu blog de lda en el que yo tengo el mío
www.librodearena.com/egido y ahora te diré no puedo entrar en Lda, no se que le pasa que no me salen los post publicados mejor dicho que en mi ordenador no me los veo y sin embargo desde el de mi trabajo si salen.
Bueno feliz semana doctor j que me gusta como escribes y a veces paso a visitarte.
Saludos VICTORIA
muchas gracias, Victoria; no recuerdo si me has comentado allí, pero debe de hacer ya mucho tiempo ¿ no? Lo que te pasa debe de ser un problema con tu ordenador, algo de cookies y de esas cosas que no tengo ni idea de lo que son. De verdad que muchas gracias por lo de los poemas bonitos, necesito que me suban mi autoestima poética.
Saludos.
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